Al fin regresaba a su lugar de origen, sin más mobiliario que unas cuántas cajas de cartón conteniendo su muy preciado tesoro de libros comprados con verdaderos sacrificios a lo largo de su vida; y algo de ropa, raída, lustrosa, vieja, pasada de moda y con olor a alcanfor, el cual resultaba más que un ahuyentador de cucarachas, un deleite para las mismas, de tan acostumbradas como estaban al aroma.
Recogió sus cajas de cartón y casi le besa la mano al hombre que, al verlo tan angustiado por no saber cuál arrastrar primero, se le acercó ofreciéndose a ayudarlo para que abordara un coche de sitio, o taxi, aunque no le gustara la palabra.
Quedó asombrado ante la cortesía de aquel hombre de ropaje humilde que todavía tuvo la gentileza de abrirle la portezuela para que entrara.
Una vez acomodado, y a punto de moverse el móvil, el hombre le extendió la mano con la palma hacia arriba y don Demóstenes, turbado por su propia falta de delicadeza de no agradecer el servicio, se disculpó poniendo su mano sobre la del otro.
-Muchas gracias –dijo-, y estoy a sus órdenes. Me llamo Demóstenes Ignaro de la Inopia y Maldestino, y vivo en…
No terminó la frase, pues el hombre, separando su mano y limpiándosela en la camisola polvosa y sucia, le conminó:
-No se haga: son veinticinco pesos…
-¿Disculpe usted…?
-…Por traer sus cajas… ¿O a poco piensa que trabajo de gratis?
Don Demos comprendió su error y escondiendo su cabeza entre los hombros, buscó con su mano pequeña y delgada como de ratón, en el fondo de sus bolsillos un monedero, de donde contó y recontó entre monedas de uno y dos pesos la cantidad exigida.
Su arribo a esta ciudad no había sido lo apoteótico que soñó, ni había motivo para ello. La población no se dejó arrastrar en oleadas hasta la terminal de autobuses, a la espera de su llegada, ni hubo banda musical, ni grupos de niños con flores que le fueran a dar la bienvenida, ni el alcalde ni el resto de los munícipes estuvieron presentes ni, de hecho, un perro que le ladrara.
Reinstalado ya en su casa, en la misma que tuviera desde siempre, se dedicó a contemplar las telarañas, que eran parte del paisaje doméstico.
El olor a humedad le recordaba a Xalapa, la que apenas unos días antes había abandonado para regresar a su Orizaba tan amada, tan ensoñada, tan suspirada.
Regresar al terruño para quedarse, después de tantos años de ausencia casi total, fue siempre una meta lejana, casi irrealizable; pero ya lo había realizado.
Ahora, a esperar el reencuentro con los amigos de otros tiempos, con las personas en general, con los lugares y las costumbres, y sentía como si todos los años de ausencia hubieran sido sólo un sueño, y que iba a salir de su casa, atravesar la calle y encontrarse con su amigo de otros tiempos para charlar con él, y recordar momentos, sin saber o pretendiendo haber olvidado, que hacía varios años que supo de su muerte.
Pero así era, es y seguirá siendo don Demóstenes: un hombre gris; más que hombre, ratón. Siempre perdedor, un gran perdedor.
Él lo sabía y no luchaba por modificar su destino, y en eso, precisamente, residía su triunfo.
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